Malestar del automóvil por Brenda Trejo con ilustración de Edna Prieto

Voluntariado congreso peatonal
Voluntarios congreso peatonal
11 Abril, 2017
 

Malestar del automóvil

Por: Brenda Trejo

Entre las personas aficionadas al uso del automóvil estamos los regiomontanos. Miramos en estos aparatos motorizados sólo el aspecto agradable y lo desagradable pretendemos no distinguirlo. Es evidente para nosotros que al salir de casa hay que subir al coche para desplazarnos. Todo el tiempo las calles y las avenidas son un hervidero de motores que hacen del aire una sopa gris digna de la asfixia. Pero de nuestros pulmones todavía tenemos desinterés. Y de nuestras piernas que no usamos para recorrer la ciudad. Las ocasiones en que la ciudad de Monterrey tiene polígonos baldíos es durante vacaciones y en días festivos, cuando cruzamos los límites de la urbe para buscar el campo y las cascadas; cuando permanecemos dentro de nuestras casas.

Los automóviles nos sirven de refugio, de adorno y por necesidad. Como refugio se usan sobre todo en el verano; como adorno, en las conversaciones, y como necesidad, para ir al trabajo y las reuniones. Porque en la ciudad de Monterrey el sol es una fogata colosal junto a las nubes que nos chamusca la piel y el cabello, los regiomontanos nos sentamos en el asiento de nuestro auto, encendemos el aire acondicionado y nos refrescamos. En Monterrey siempre parece verano: nos sentimos dentro de un vaporizador. Pasamos demasiado tiempo dentro del auto. Lo consideramos nuestro mejor amigo motorizado. En comparación con el camión que nos ofrece sus hostiles asientos destartalados, que nos agujerea el monedero con sus puntiagudos precios y nos arroja en medio de la calle sin aprecio por nuestra vida, el automóvil nos protege y nos duele menos entregarle nuestro dinero para su cuidado y manutención. El metro no tiene la eficacia para conectar la casa con la oficina. Hace falta caminar hacia la parada del camión donde nos espera una plaga de trabajadores dispuestos a pelear por un espacio vacío, subirse al metro y enseguida volver a caminar. El cansancio del desplazamiento es en ocasiones más pesado que el del trabajo. Por eso tenemos necesidad y afecto hacia el automóvil. Necesidad impuesta por nuestro gobierno que trazó la ciudad para las llantas. Así es difícil despreciarlo pero no es justificación. Como adorno en las conversaciones con los amigos y familiares es presunción. Las familias modestas tienen un auto en su cochera; algunas tienen dos en la cochera y otro en la banqueta, y las adineradas tienen uno para cada miembro de la parentela. Tenerlo nos hace creer que logramos un éxito personal y gozamos de una buena salud económica. Pero sólo es apariencia: pagamos lujosos impuestos al municipio, cuantiosos litros de gasolina y la reparación de las balatas y llantas, desgastadas por la terracería que hay en las calles. Estrellamos nuestra cabeza contra el automóvil; otras ocasiones contra la carpeta asfáltica. Los peatones nos enferman de enojo cuando andan por las calles y sus banquetas no consideramos. Sufrimos de la fiebre del automóvil pero no buscamos paliativos. ¿Por qué?

 

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